El consumidor (Ir)Responsable

Sorprende cómo podemos ser más poderosos como consumidores que como ciudadanos a la hora de determinar las políticas y acciones de gobiernos y empresas.

Llevaba un tiempo pensando en escribir este post y no había encontrado hasta ahora el momento apropiado para hacerlo. Todo surge de una discusión informal sobre el poder que tiene el ciudadano de a pie para cambiar el mundo a través de su capacidad de consumo, frente a la nula o prácticamente nula capacidad que tiene como agente político.

Sin intentar entrar en temas políticos (el voto en las últimas elecciones municipales y autonómicas en España parece tratar de demostrar que el ciudadano sí quiere tener voz y voto en la realidad del país), he ido dándole vueltas a la idea que somos más poderosos como consumidores que como votantes, pues las empresas suelen prestar más atención a nuestra intención de compra que a nuestro sesgo político. 

Igualmente, podemos ejercer más presión a los gobiernos actuales para modificar ciertas normas y leyes como consumidores que a la hora de votar por sus programas políticos. Es por ello que las asociaciones de consumidores cada vez son (y serán) más importantes y ganarán peso específico en el marco actual de un mercado globalizado. Ya no somos ajenos a lo que pasa en una fábrica de Pakistán o si el aceite que estamos usando en nuestros productos proviene de selvas protegidas.

Muchas veces hacemos juicios de valor a través de eslóganes y frase bonitas en Facebook

Las empresas son conscientes de esto y es por ello que han ido dando más importancia a su área de “RSC” (Reputación Social Corporativa) y a sus departamentos de comunicación online. Son muchos los casos donde un mal community manager a incendiado las redes sociales al responder de forma equivocada los comentarios más críticos de sus clientes y consumidores.

Hace pocos días (tal vez algunos más, si lo pienso bien) leía una campaña contra el consumo de productos de ropa de bajo precio, pues se basaban en la explotación que sufrían muchas personas en fábricas de países del tercer mundo, incluyendo la explotación infantil. Uno de los grandes sueños de occidente ha sido llevar nuestros valores y principios democráticos al resto del mundo aun cuando estos valores y principios no terminaban de encajar con la cultura local. Y es que no se puede imponer algo a quien no lo quiere o lleva milenios haciéndolo de otra manera. Sin embargo, sí nos alarmamos como consumidores cuando descubrimos que nuestra camiseta de 2 euros (en las tiendas las veo más caras… pero no creo que su coste de producción sea mucho mayor o las fabriquen en otros sitios) está siendo realizada por personas que trabajan interminables jornadas, de sol a sol, prácticamente durante todos los días de la semana. Nos sorprende comprobar como nuestros valores y derechos laborales que consideramos fundamentales no se ven extrapolados a quién fabrica nuestra ropa, nuestro móvil o cualquier otra cosa que consumimos.

En mi opinión creo que el mundo, cada vez más globalizado, las estructuras gubernamentales comenzarán a tener menos peso específico y las organizaciones de consumidores irán ganando mayor relevancia a la hora de realmente influir en cómo se hacen las cosas y en esparcir los valores que consideramos fundamentales en Europa. Poco a poco vamos logrando que países que no se planteaban el respeto animal, vayan creando legislaciones que protejan a los seres vivos que luego nos abrigan en invierno o que nos alimentan durante todo el año. Poco a poco vamos logrando que en las fábricas de medio mundo exista un mínimo respeto por las personas y que se les ofrezca un salario justo. Poco a poco, a través de nuestras decisiones sobre donde comprar, vamos obligando a las empresas a imponer a sus proveedores ciertas condiciones que antes no estaban en los contratos. Pero esto también conlleva cierta responsabilidad por nuestra parte…

Y es que el consumidor, junto con este poder para imponer ciertas normas a las marcas y empresas (y por ende a los gobiernos que legislan y regulan el comercio), acepta una responsabilidad que hasta ahora no tenía. El problema viene que muchas veces hacemos juicios de valor a través de eslóganes y frase bonitas en Facebook. Que nos basamos en análisis superficiales para determinar si esta empresa es buena o si esta otra es mala en función de lo que ha compartido una persona de nuestros contactos en su muro o en su cuenta de Twitter.

Si queremos realmente ser una herramienta del cambio, también debemos aprender a analizar las situaciones y no juzgar los problemas bajo el único prisma, basado en nuestra cómoda vida de consumidor de sofá e iPad. Debemos aprender a exigir cambios que realmente supongan un beneficio para las personas que supuestamente desataron nuestra indignación.

Me considero un completo desconocedor de la legislación laboral en países como India, Pakistán, China y un largo etc. Además, tampoco soy experto ni he estudiado sobre la evolución social de estos países y cómo están organizados socio económicamente, pero sí que puedo entender ciertas propuestas que veo de vez en cuando por Internet.

Como consumidores tenemos, a día de hoy, un gran poder sobre las marcas y sobre nuestros gobiernos

El tema no es dejar de consumir productos fabricados aquí o allá, en acusar a empresas por no producir sus prendas en nuestro país o por no controlar correctamente al proveedor del proveedor de su proveedor. El tema es ejercer presión para realmente producir un cambio que ayude a mejorar la vida de estas personas. Y esto no se logra dejando de comprar una camiseta o pidiendo de no produzcan sus productos en ciertos países.

Como decía, no soy experto en condiciones labores en otros países. Pero seguro que muchos agradecen que haya fabricas donde trabajar en vez de no tener nada que hacer y seguir siendo economías subdesarrolladas. Es probable que en estos países las jornadas de 12 horas sean una norma, algo que a nosotros nos asombra e indigna, pero tal vez allí es lo normal y a lo que están habituados, y que pagarles 1 dolar al día sea el salario medio en muchos países. Así que por mucho que exijamos que deberían cobrar más y tener un salario mínimo y digno no ayudará a mejorar su condiciones de vida, simplemente creará inflación, devaluación de su moneda y vuelta a la misma condición anterior.

Si lo que realmente queremos es cambiar las condiciones en las que viven, preocupémonos más por dichas condiciones. Preocupémonos por si los niños que trabajan en las fábricas tienen acceso a una educación, algo que realmente les pueda ayudar a mejorar sus condiciones en el futuro. Que disponen de unos servicios médicos adecuados y que tienen una alimentación que cumpla con los criterios fijados por organizaciones internacionales. Recuerdo como mi abuela me contaba que mi abuelo había comenzado en la empresa apenas siendo un adolescente, que era la propia empresa la que les daba formación y que permitió que se desarrollara hasta ser jefe de sección. Gracias a este esfuerzo colectivo, yo hoy puedo estar escribiendo este artículo y haber recibido una formación universitaria. Es por ello que prefiero plantear a las empresas que se impliquen realmente en el desarrollo de las comunidades donde fabrican sus productos para decidir comprarlos o no.

También me acuerdo de la historia que para el Mundial de Brasil la selección alemana construyó, completamente desde cero, un centro de entrenamiento donde preparar los partidos, pero lo hicieron de tal forma que luego lo donaron al pueblo que les había acogido ya que habían diseñado sus instalaciones de tal forma que luego fuera algo útil para ellos y no una majestuosa infraestructura que no pudieran mantener.

Como consumidores tenemos, a día de hoy, un gran poder sobre las marcas y sobre nuestros gobiernos. Es decisión nuestra si lo que pedimos que hagan a cambio de confiar en ellos es lo correcto o simplemente se basa en una moda pasajera que tienen su minuto de gloria en una u otra red social. Somos nosotros los que decidimos si nuestra acción va encaminada a lograr un cambio o si nos basta con la satisfacción efímera de añadir un “like”.

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